20 minutos no son medicina

20 minutos

“Las especialidades no quirúrgicas contarán con 20 minutos por paciente, garantizando una evaluación clínica de calidad”.

Con esa frase, destacada en el artículo de El Universo sobre la reorganización del agendamiento en el IESS y la creación de 4.000 nuevos turnos diarios, se intenta transmitir una idea de eficiencia acompañada de calidad. Sin embargo, lejos de tranquilizar, esa afirmación genera profunda preocupación. Plantear que veinte minutos son suficientes para garantizar una evaluación clínica de calidad en especialidades no quirúrgicas revela, en el mejor de los casos, un desconocimiento preocupante de la práctica médica real; en el peor, una visión reduccionista y productivista de la medicina.

Da la impresión de que quien ha estado a cargo de este proceso de reorganización vive en otra realidad. Probablemente se trate de un profesional no médico, o al menos de alguien que no tiene contacto directo y cotidiano con la atención de pacientes. Porque cualquier especialista que atienda en cardiología, endocrinología, nefrología, neurología, psiquiatría u otras áreas clínicas sabe que veinte minutos rara vez son suficientes para realizar una evaluación integral, responsable y ética.

El artículo presenta la medida como un avance en eficiencia: más turnos, reducción de tiempos de espera, reorganización del sistema. Nadie discute que disminuir las listas de espera es una necesidad urgente. Los pacientes del IESS no pueden esperar meses para una consulta especializada. Pero la solución no puede ser convertir la atención médica en una cadena de producción. La salud no es una fábrica de diagnósticos ni una línea de ensamblaje de recetas.

Las especialidades no quirúrgicas son, precisamente, aquellas donde el razonamiento clínico, la escucha activa y el análisis cuidadoso son fundamentales. En cardiología, por ejemplo, la evaluación de un paciente con insuficiencia cardíaca, arritmias complejas o dolor torácico atípico requiere revisar antecedentes, estudios previos, medicación, factores de riesgo y síntomas actuales. En endocrinología, el manejo de una diabetes mal controlada implica educación, ajuste terapéutico, revisión de adherencia, comorbilidades y complicaciones. En nefrología, cada decisión terapéutica tiene implicaciones delicadas sobre función renal, electrolitos y calidad de vida.

Y en psiquiatría, el escenario es aún más evidente. En muchos casos, la entrevista no es solo con el paciente, sino también con el familiar. Se requiere explorar historia personal, antecedentes familiares, evolución de síntomas, factores psicosociales, consumo de sustancias, riesgo suicida, adherencia previa, respuesta a tratamientos anteriores. Pretender que todo eso puede hacerse con calidad en veinte minutos es, sencillamente, irreal.

Cuando el tiempo se reduce artificialmente, la práctica clínica inevitablemente se deforma. El médico deja de tener espacio para escuchar y reflexionar. Se ve forzado a centrarse en lo inmediato y superficial. En psiquiatría, por ejemplo, esto puede transformar al especialista en un mero “prescritor de pastillas”. Sin tiempo suficiente para explorar el contexto, se prioriza la receta rápida. El resultado: pacientes polimedicados, tratamientos mal ajustados, efectos adversos acumulados y una sensación general de deshumanización.

Lo mismo ocurre en otras especialidades. Sin tiempo para educar al paciente, explicar riesgos y beneficios, revisar adecuadamente estudios o coordinar con otros niveles de atención, aumenta el riesgo de errores, duplicación de pruebas, interacciones medicamentosas y complicaciones evitables. La supuesta eficiencia puede terminar generando más gasto y más sufrimiento.

El problema de fondo es conceptual. Se está priorizando la producción por encima de la calidad. Se mide el éxito en número de turnos habilitados y en reducción de días de espera, pero no se habla de indicadores de calidad clínica, satisfacción del paciente, resultados en salud o reducción de eventos adversos. El discurso se centra en capacidad operativa, no en excelencia médica.

Además, se ignora que la medicina especializada no puede funcionar aislada de una sólida atención primaria. Una verdadera solución estructural no es comprimir las consultas de especialidad, sino fortalecer el primer nivel de atención. El IESS necesita más médicos de familia bien formados, con tiempo suficiente para evaluar, diagnosticar y tratar adecuadamente los problemas que corresponden a atención primaria. Solo así se puede filtrar de manera apropiada qué casos requieren derivación a un hospital de segundo o tercer nivel.

Un sistema robusto de medicina familiar reduce la sobrecarga de las especialidades, mejora la continuidad del cuidado y optimiza recursos. Permite que los especialistas reciban casos realmente complejos, en los que puedan dedicar el tiempo que se requiere sin presión artificial de agenda. Eso sí sería reorganización inteligente.

La medicina humana exige tiempo. Tiempo para escuchar, tiempo para explicar, tiempo para generar confianza. La relación médico-paciente no puede comprimirse como si se tratara de una reunión administrativa. Los contribuyentes y pensionistas del IESS han financiado durante años el sistema con sus aportes. No merecen una atención exprés de veinte minutos diseñada para mejorar estadísticas de productividad.

Es legítimo preguntarse: ¿quién definió que veinte minutos garantizan calidad? ¿Con qué evidencia? ¿Se consultó a los colegios médicos, a las sociedades científicas, a los propios especialistas que atienden en el sistema? Las decisiones administrativas que afectan directamente la práctica clínica deberían construirse con participación técnica real, no únicamente desde escritorios alejados del contacto con el paciente.

La reducción de tiempos de espera es un objetivo loable. Pero no puede lograrse a costa de sacrificar la esencia de la medicina. Si el sistema fuerza consultas breves y saturadas, lo que se logrará es mayor rotación, mayor desgaste profesional, más burnout médico y, paradójicamente, peor atención.

Un modelo sanitario moderno debe equilibrar eficiencia con humanidad. Debe medir resultados clínicos, no solo número de turnos. Debe invertir en prevención, en atención primaria, en formación continua y en planificación basada en evidencia.

A los contribuyentes y pensionistas del IESS les corresponde exigir un modelo médico humano, centrado en la persona y no en la estadística. Exigir que la calidad no sea una palabra decorativa en un comunicado institucional, sino un compromiso real con el tiempo, el respeto y la rigurosidad clínica.

La salud no es un trámite. No es una cifra en un reporte mensual. Es la vida y el bienestar de millones de personas. Y eso no puede resolverse en veinte minutos.

Fuente:https://www.desdemitrinchera.com/2026/02/26/20-minutos-no-son-medicina/