Colombia 2026: poder, algoritmo y liderazgo que marcarán nuevas tendencias en marketing político
Las elecciones colombianas ya no se disputan solo en la plaza pública; hoy se juegan en la reputación digital y, de manera notoria, van a dejar fuera del juego a los que siguen sin entender el poder de los algoritmos en los social media.
 
En Colombia, los comicios de 2026 marcarán un punto de inflexión político y comunicacional. Elecciones del Congreso el 8 de marzo, primera vuelta presidencial en mayo y eventual segunda vuelta en junio. Tres momentos que no solo definen poder institucional, sino el modelo de liderazgo que dominará la próxima década para ese país, eje articulador de América Latina y ejemplo de resiliencia democrática en las últimas décadas.
 
Las elecciones colombianas llegan en un contexto de transformación mediática profunda. En 2022 hubo 14 candidatos considerados “nativos digitales”. Hoy son 21. No es moda. Es síntoma. El ecosistema político del país ya no es exclusivamente territorial; es híbrido: calle y pantalla. Incluso hay una candidata indígena llamada Gaitana, quien está sustentada en inteligencia artificial y cuyo proceso marcará una indudable pauta, más allá de los resultados que obtenga.
 
En los comicios en Colombia, el territorio mental vale tanto como el geográfico. Influencers con audiencias superiores a 500 mil seguidores pueden movilizar voto orgánico, alterar dinámicas locales y desafiar maquinarias tradicionales. En un país donde más del 60% se informa principalmente por redes sociales, la conversación digital no es accesorio; es campo de batalla.
 
Pero la elección en el país cafetero no ocurre en el vacío. Colombia tiene dos grandes varones electorales que gravitan sobre todo el sistema político: el expresidente Álvaro Uribe Vélez, director del partido Centro Democrático, y el actual presidente Gustavo Petro Urrego, líder de la coalición Pacto Histórico. Ambos serán amos y señores del Congreso, con más del 35% de curules entre fuerzas propias y aliados; lo cual se dibuja en el papel como un escenario agreste para el líder de un polo o del otro que llegue a gobernar, e incluso complejo si ocurre con un candidato de centro apoyado por uno de los extremos.
 
Uribe representa la derecha estructural, con una base sólida, disciplinada y territorial. Petro encarna el giro histórico: es el primer presidente de izquierda en gobernar Colombia en más de 50 años. Su llegada rompió una tradición política conservadora y liberal que dominó el poder durante medio siglo; solo medianamente equiparada por el polémico Ernesto Samper, un liberal que gobernó el país en los 90 en medio de controversias por la supuesta financiación de los carteles de la droga.
 
El presidente Petro ha sostenido una línea ideológica consistente, para muchos radical, con énfasis en reformas estructurales, transición energética y redistribución social. Sin embargo, más allá del debate ideológico, ha logrado mantenerse en torno al 30 % de aprobación. Una cifra que, aunque polarizante, demuestra resiliencia política, especialmente apoyada en políticas de subsidios y transferencias sociales.
 
Ese 30% en las elecciones colombianas no es menor. Es un piso electoral que puede influir decisivamente en la sucesión presidencial y en la conformación del Congreso. En un país polarizado, un tercio del electorado puede definir alianzas, segundas vueltas y gobernabilidad futura. Hoy quien recibe el endoso de Petro es el senador Iván Cepeda, aunque las fuerzas radicales de izquierda saben que no les basta solas para ganar. Los subsidios del Gobierno hoy impactan a más de cuatro millones y medio de colombianos, que podrían ser ese factor para que Colombia siga siendo gobernada por la izquierda los próximos cuatro años.
 
En medio de este tablero altamente digitalizado, el gobierno colombiano liderado por Gustavo Petro y respaldado por figuras como el hoy candidato y puntero en las encuestas, Iván Cepeda, ha optado por una narrativa que muchos analistas ubican en los márgenes de la teoría del caos político: tensión permanente, alta carga simbólica y una apelación constante a la emoción colectiva, especialmente a través del discurso de lucha de clases. Esa gasolina discursiva, sin embargo, no se alimenta en una sola dirección. El expresidente Álvaro Uribe Vélez y una oposición fragmentada también contribuyen a la escalada retórica, con consignas que exacerban la confrontación —“arde”, “decida”, “fuera Petro”— generando cohesión interna y placer identitario entre sus seguidores. El resultado es un ecosistema político donde la polarización se convierte en combustible estratégico para ambos extremos, desplazando con frecuencia el debate programático hacia la disputa emocional.
 
En este contexto, los influencers digitales que irrumpen en las listas para los comicios en Colombia deben navegar una arena compleja. No compiten solo contra partidos; compiten contra estructuras históricas y contra liderazgos con narrativa consolidada. La emoción digital no basta si no se traduce en organización electoral.
 
Además, las elecciones colombianas enfrentan un fenómeno creciente: la guerra digital. Ataques coordinados, manipulación de imágenes, campañas de desinformación. Las candidatas mujeres, en particular, reciben violencia simbólica y digital desproporcionada. La reputación se convierte en activo estratégico. La guerra sucia con IA generativa está a la orden del día y las tergiversaciones viajan y se multiplican sin mayor filtro por miles de pantallas, y son consumidas y creídas por el quíntuple de incautos.
 
La maquinaria tradicional en Colombia no desapareció. Mutó. Ya no solo moviliza votantes físicamente; ahora moviliza conversación, pauta segmentada y amplificación artificial. Casi todos los operadores políticos modernos entienden métricas, engagement y segmentación demográfica con la misma precisión con la que antes entendían mapas electorales; o quizá hoy deben hacerlo en paralelo, pues la victoria está marcada por una combinación de ambos ingredientes.
 
Para México, que observa con atención la evolución regional, el caso colombiano es un laboratorio. Las elecciones en el país cafetero muestran cómo la democracia latinoamericana se redefine entre carisma digital y estructura partidista. Entre algoritmo y aparato; algo que los suramericanos también hemos notado en los más recientes comicios mexicanos, donde la polarización, la presencia activa en la economía de los narcos y la influencia de Estados Unidos son ingredientes cotidianos y activos que se deben ponderar con seriedad a la hora de prospectar un resultado final.
 
¿Quiénes disputan la presidencia de Colombia con opción?
 
Desde noviembre del año pasado lo hemos advertido: van a llegar seis aspirantes con opción y otros cinco que serán animadores o difusores de electorado en una primera vuelta que será muy cerrada. Esta asegura un balotaje en paralelo con el Mundial de fútbol, lo que proyecta un aumento de la abstención de entre el 2 % y el 4 % en centros urbanos, donde el fervor por la Selección Colombia en el Mundial trinacional suele enfriar la movilización hacia las urnas.
 
Llegan con opción el candidato único del oficialismo, Iván Cepeda, quien ya consolida un 20.9% de intención de voto tras ganar su consulta, y su aliado Roy Barreras, quien actúa hoy como puente con sectores tradicionales. Por el centro, el exgobernador Sergio Fajardo, cinco veces candidato presidencial y quien hoy camina en las encuestas en el tercer lugar, especialmente en Antioquia. En este mismo espectro, Claudia López enfrenta el reto de no ahogarse en la irrelevancia; su participación busca capturar un espacio en el centro político que hoy se encuentra disperso y que solo le otorga un 5 % de intención de voto inicial.
 
Por la derecha, la contienda se divide en dos fuerzas: el abogado Abelardo de la Espriella, quien capitaliza el voto de opinión y encarna un ala de la extrema derecha, y la senadora Paloma Valencia, ganadora de la encuesta interna de su partido, quien apuesta por la estructura orgánica en regiones clave y el aval del expresidente Álvaro Uribe Vélez. Cabe destacar que el 40.5% del potencial electoral se concentra en Bogotá, Antioquia y el Valle del Cauca, convirtiendo a estas zonas en los campos de batalla definitivos donde el “voto mundialista” podría inclinar la balanza.
 
De acuerdo con la aritmética, la mayor probabilidad de segunda vuelta, a disputarse en el junio mundialista, se dará entre un candidato apoyado por Petro y otro candidato que represente la centroderecha, con un respaldo del expresidente Álvaro Uribe Vélez, de sectores conservadores y de algunos partidos políticos que salgan bien en la disputa por las dos cámaras del Congreso colombiano.
 
Desde nuestra firma Jaramillo Luján Estrategia y Comunicación estamos convencidos de que el conocimiento de hoy en materia de campañas políticas ya es historia en cuestión de días, y que la investigación rigurosa sobre usuarios, canales, mensajes, temas y patrones de influencia y acción son elementos a los que hay que ponerles el foco y leer en tiempo real si se anhela una victoria. La investigación permanente, el análisis cualitativo y cuantitativo, la lectura del clima social, la gestión de crisis y la construcción de narrativa coherente deben ser prácticas constantes y conscientes en todo proceso de liderazgo público.
 
Porque en estas elecciones colombianas de 2026 no ganará quien tenga más seguidores, ni quien tenga más buses o comida para repartir. Ganará quien entienda que el poder hoy exige coherencia estratégica, capacidad de resistir la presión digital y disciplina organizativa. Como ya ha pasado en el último año en países como Costa Rica, Chile o Ecuador, comunicar bien ya no es opcional. Es gobernar. Y en esa ecuación, saber ganar es saber anticiparse al corazón-decisión de los ciudadanos.
 
Fuente: https://www.desdemitrinchera.com/2026/02/19/colombia-2026-poder-algoritmo-y-liderazgo-que-marcaran-nuevas-tendencias-en-marketing-politico/